sábado, 11 de mayo de 2013

L'important c'est d'aimer


Lo importante es amar, dirigida por Andrzej Zulawski (1975), es una película extraña, abigarrada, donde lo grotesco tiene tanta presencia como lo sublime y el desorden y la armonía se entrelazan de forma insólita y sorprendente. Hay algo misterioso en esta obra que nos impide volver los ojos y que nos atrapa, pese a sus defectos. Gran parte de esa fascinación se manifiesta a través del magnetismo de su protagonista, la atormentada Romy Schneider. He aquí un momento de la primera escena de la película, en el que la actriz anuncia en cierto modo que vamos a asistir a una interpretación impecable, deslumbrante, inolvidable:


La música de Georges Delerue (uno de los mejores compositores que hayan entregado su vida al cine, tristemente olvidado), actúa en este caso como un elemento indisociable que envuelve a los personajes, reflejando a la perfección cuanto de inevitable, trágico e incomprensible existe en su relación. Pocas veces una pieza tan breve ha expresado con tanta intensidad y fielmente un contenido emocional:


Otra de las escenas donde la interpretación de Romy Schneider ejerce un hechizo irrefrenable sobre Fabio Testi y sobre nosotros, como espectadores, recuerda el triángulo amoroso de Jules y Jim (François Truffaut: 1961), aunque haya notables diferencias entre ambas historias y el temperamento de sus personajes no sea el mismo:


Es posible que Lo importante es amar sea una película sobrestimada por parte de la crítica. Sin duda se le puede achacar el abuso de ciertos elementos dramáticos, como la citada música de Delerue. En mi modesta opinión, existe un mérito artístico en toda obra que de alguna manera nos convulsiona a pesar de sus imperfecciones. Los motivos de mi reseña, gocen de un mayor o menor acierto, ya han quedado expuestos. Por encima de todo ello he de reconocer que nunca una actriz alemana me había conmocionado tanto.

domingo, 27 de enero de 2013

El mejor Sherlock Holmes

El último y (como casi siempre) azaroso descubrimiento que en esta ocasión quiero compartir con vosotros, curiosos lectores y visitantes intempestivos de esta desatendida buhardilla, son las adaptaciones de las historias de Sherlock Holmes que, a partir de 1984 y durante diez años, la productora Granada realizó para la televisión británica. El resultado fue una serie exquisita de episodios en los que la falta de recursos queda perfectamente suplida por la lucidez de la realización, el ingenio de la puesta en escena, la minuciosa atmósfera de la Inglaterra victoriana y, muy especialmente, la excelencia de las interpretaciones. En un momento en que el moderno Sherlock Holmes, llevado ahora al cine por Guy Ritchie en forma de secuela, deslumbra al público con su espectacular repertorio de medios técnicos, el Holmes encarnado por Jeremy Brett nos inspira en sus gestos, sobre todo en sus miradas, el genio puro del detective creado por Conan Doyle en 1887. 


Las aventuras de Sherlock Holmes FUENTE


He de confesar que la primera vez que vi a Jeremy Brett en el papel de Holmes no me convenció en absoluto su apariencia. Sin embargo, su actuación, entregada y contundente desde todos los ángulos críticos, consiguió cautivarme ya en el primer capítulo, hasta el punto de que las historias mismas de la serie, con sus misterios y resoluciones, quedaron pronto como un aspecto secundario, dejando de tener el interés que la sola presencia de Brett era capaz de suscitar.


Jeremy Brett en el papel de Sherlock Holmes FUENTE


Atrapado por las investigaciones de este genuino Sherlock Holmes, comencé a interesarme para saciar mi curiosidad, como suele pasar en estos casos, por las anécdotas del rodaje, los entresijos de la producción y la biografía de los actores. Supe entonces, para mi grata sorpresa, que la serie contaba con gran número de seguidores y que también ellos elogiaban el trabajo de Jeremy Brett, así como el de David Burke, el encargado de dar vida en la ficción al entrañable doctor Watson. Sin duda, coincido con todas las opiniones y críticas que consideran a ambos como la pareja que mejor ha dramatizado las historias del, probablemente, detective más famoso de la literatura.


Jeremy Brett y David Burke como Holmes y Watson FUENTE


De las distintas series que componen esta preciada adaptación de Sherlock Holmes (Las aventuras de Sherlock Holmes, El regreso de Sherlock Holmes y Las memorias de Sherlock Holmes, además de otras series y largometrajes que cuentan con el mismo reparto), en el futuro espero poder completar los casos de este alarde de la deducción interpretado por Jeremy Brett, actor al que admiro por haber mimetizado tan brillantemente a su personaje. Esta pequeña entrada, de hecho, tiene en buena parte como propósito honrar la memoria de su extraordinaria dedicación, en la que no cejó ni siquiera acechado por la enfermedad (como se aprecia en los últimos episodios que rodó, pocos meses antes de morir).

Aquellos que no conozcan la adaptación ni hayan oído hablar de los actores, y tengan curiosidad por descubrir esta escondida joya de la televisión, podrán ver en el siguiente enlace el primer capítulo de la serie (uno de mis predilectos, por cierto).


Las aventuras de Sherlock Holmes: Escándalo en Bohemia (1984)


Sin más, que disfruten del mejor Sherlock Holmes.

sábado, 13 de octubre de 2012

Palabra de Julio Cortázar

Hace unos días, por azar o casualidad (nunca sé muy bien), volví a ver algunas de las entrevistas que el gran Julio Cortázar concedió para televisión en los años setenta y ochenta. Me gustaría reproducir aquí un fragmento en el que Cortázar da su opinión sobre el mal llamado, según el escritor, boom latinoamericano. Merece la pena escuchar durante cinco minutos su discurso lúcido y cautivador.




El fragmento pertenece al programa A fondo de RTVE, grabado en 1977 bajo la dirección de Joaquín Soler Serrano, célebre por haber conseguido el testimonio de grandes personalidades de la cultura, como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, Octavio Paz, Dámaso Alonso o Salvador Dalí, toda una nómina, en fin, de figuras de primer orden del mundo hispánico. El caso de Julio Cortázar es uno de los más memorables por su forma de expresarse, con su musicalidad porteña y esa característica erre arrastrada a la francesa, producto de su vida parisina; pero sobre todo es memorable por su pensamiento brillante, franco y honesto, profundamente honesto, revestido de enorme sensatez y de ese sentido del humor del que siempre hacía gala tanto desde su persona como en su obra.


Entrevista completa a Julio Cortázar en A fondo (1977)

Decía uno de mis profesores que de toda lectura puede extraerse un fruto y que ese fruto siempre es útil a la experiencia, aunque su jugo sea amargo. La entrevista a Cortázar en A fondo supera el mejor testimonio que una biografía sobre el autor pueda ofrecernos, con el añadido de un provechoso y dulce sabor que enriquece nuestra experiencia y deleita también los sentidos. En el amplio recorrido que abarca la entrevista al escritor, desde su nacimiento e infancia hasta sus publicaciones más recientes, Cortázar cuenta anécdotas, entre otras muchas historias, sobre sus primeras aproximaciones a lo fantástico, cuando era un voraz lector preadolescente. A los doce años había leído una novela de Julio Verne titulada El secreto de Wilhelm Storitz, en la que aparece la figura del hombre invisible, que más tarde sería retomada por H.G. Wells. Cortázar nos dice que encontró entonces el relato apasionante y se lamenta de que se trate de una de las obras de Verne menos conocida. 


FUENTE


Confieso, para regocijo de mi ignorancia, que no conocía ni había oído hablar de la novela de Verne. Pero he aquí, curiosamente, que tan solo un día después de revisitar la entrevista a Cortázar, por puro azar o casualidad (nunca sé muy bien), me tropecé con un ejemplar de Le secret de Wilhelm Storitz en un puesto de libros de la Place Sainte Anne, en la ciudad francesa de Rennes. No pude abstraerme al hecho, llámese coincidencia o destino, de encontrarme de improviso con ella, como tampoco a la preciosa y cuidada edición de Gallimard y a su precio irrisorio. Con la obra en las manos, feliz como el niño que tiene un nuevo juguete que estrenar, seguí mi camino mientras volvía a asaltarme una duda conocida: ¿Habría tenido en otra circunstancia el mismo encuentro? No sabría contestar muy bien esta pregunta que extrañamente me acompaña a menudo.

viernes, 24 de agosto de 2012

Primavera tardía

No soy un experto en cine japonés; ni siquiera en cine, a decir verdad. Tan solo disfruto con algunas películas en las que creo reconocer un rasgo distintivo, un matiz original. En el vasto terreno de los fotogramas en movimiento, precisamente, el cine japonés suele reflejar este tipo de singularidades. Quizá su condición de exótico a ojos de Occidente contribuya irremediablemente a ello. Lo cierto es que las obras de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu (la gran tríada de clásicos japoneses) se caracterizan por crear y mostrar una mirada diferente del cine.


Primavera tardía de Yasujiro Ozu (1949) es un buen ejemplo de cine clásico japonés. El equilibrio de las composiciones, la armonía de los encuadres o la importancia de la naturaleza (el agua que fluye, el viento que agita las ramas de los árboles, unas flores en el jardín) revisten de enorme poeticidad sus imágenes. La perfección de sus planos y su capacidad para plantear conflictos universales con aparente sencillez la sitúan a la altura de las obras más reconocidas de Ozu, como Las hermanas Munakata (1950) y Cuentos de Tokio (1953).

En Banshun (su título original) encontramos un argumento similar a El sabor del sake (la última película de Ozu), pero en ella incide más aún la contención narrativa, un discurso depurado de artificios que centra la atención en las pequeñas cuestiones esenciales de lo humano. Así, un leve gesto o una mirada sostenida aportan una enorme intensidad emocional, dejan entrever una gran fuerza interior en los personajes, dinamismo que contrasta con la rigidez de sus cuerpos, con ese respeto a los espacios entre personas tan propio del mundo japonés, aun en las relaciones más cercanas como las familiares.

El actor Chishu Ryu y la actriz Setsuko Hara FUENTE

Hay películas que perduran mejor que otras en su recuerdo. Sin duda, a nadie sorprenderá esta evidencia. A veces ese recuerdo está ligado a los intérpretes, a ciertas fórmulas de la realización, a una impresión argumental. A veces incluso concurren gran parte de estos elementos; pero otras se mantienen latentes durante la proyección y se revelan con especial intensidad en el cierre: Louis Jourdan acabando su Carta de una desconocida; Charles Chaplin al final de Luces de la ciudad; Anthony Quinn perdido en la playa, en La strada, con el sonido de las olas de fondo. 

Primavera tardía es asimismo memorable por su final. Se desliza ante nosotros de la forma más sencilla, con un gesto cotidiano. Vemos pelar una manzana y nos derrumbamos cuando la piel del fruto cae también, en un absoluto silencio, como un grito ahogado o un sollozo reprimido. 



El cine vuelve a triunfar.

martes, 31 de julio de 2012

"La carretera" de Cormac McCarthy

El pasado 26 de julio, el círculo literario de Tiguajaneco volvió a reunirse en El Arco para comentar una nueva lectura: La carretera. Después de los relatos Sylvie (Gérard de Nerval) y Bartleby, el escribiente (Herman Melville), dos pequeñas joyas de la literatura, la novela de Corman McCarthy, ganadora del Premio Pulitzer de ficción en 2007, había sido la elegida para amenizar las sofocantes tardes de verano de Tiguajaneco.

Cormac McCarthy FUENTE

Aunque la tertulia fue agradable y fructífera, la novela nos dejó un regusto agridulce que no colmó nuestras expectativas. Repasemos rápidamente los pros y los contras. El mayor punto negativo de la obra quizá sea el exceso de descripciones reiterativas, que de esta manera acaban por desinteresar al lector. Por otro lado, destaca el acierto en la utilización de algunos recursos técnicos. Por ejemplo, los diálogos sin guiones, y con muy pocos verbos introductorios, requieren la participación del lector para inferir los turnos de palabra y las réplicas, amenizando la lectura; también las descripciones, que omiten verbos u otros elementos del discurso (al modo de las acotaciones teatrales), confieren mayor fuerza a las imágenes, aumentando así su capacidad evocadora. 

Veamos un fragmento (1):
Estuvo mucho rato tratando de dormir. Al cabo se dio la vuelta y miró al hombre. Su rostro a la luz de la pequeña lámpara rayado de negro por la lluvia como un actor dramático de la antigüedad. ¿Puedo preguntarte una cosa?, dijo.
Naturalmente.
¿Nos vamos a morir?
Algún día. Pero no ahora.
Y todavía vamos hacia el sur.
Sí.
Para no pasar frío.
Así es.
Vale.
¿Vale qué?
Nada. Solo vale.
Duérmete.
Vale.
Voy a apagar la luz. ¿De acuerdo?
De acuerdo.
Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?
Naturalmente.
¿Qué harías si yo muriera?
Si tú murieras yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí. Para poder estar contigo.
Vale.
La relación entre los protagonistas, padre e hijo, ocasionó el mayor debate de la noche. De ellos no conocemos los nombres, apenas algunos retazos de su vida pasada; tampoco sabemos con exactitud el tiempo y el lugar en el que se encuentran. Las breves conversaciones que ambos tienen y las numerosas situaciones de peligro en las que se ven envueltos sirven para plantear algunas cuestiones morales. ¿Toma el padre las decisiones más acertadas en todo momento, dadas las circunstancias? ¿Es el hijo demasiado pasivo en su actitud o, por el contrario, hace todo cuanto está en su mano teniendo en cuenta su corta edad? Es indudable que el padre (a quien el narrador se refiere con el genérico "el hombre") cumple con su misión de proteger al hijo y que este, pese a su juventud, aprende poco a poco de las acciones del padre, participando progresivamente en las soluciones de los problemas. Posiblemente el mayor punto de encuentro entre los dos sea su lucha constante desde el presente, como mensaje de esperanza ante un futuro amenazante.

En líneas generales podría decirse que La carretera se inscribe en el marco de las llamadas distopías (que el autor no incluya una justificación, o una explicación que aclare las causas del desastre al que sobreviven los personajes, es sin duda una buena decisión). De hecho, algunas de sus imágenes son particularmente violentas y escabrosas. En este sentido, el mundo hostil que nos presenta la novela, donde el instinto de supervivencia permenece activo continuamente, así como su itinerario y la importancia del viaje a pie, tendrían cierta similitud con otra de nuestras lecturas "distópicas": Vida y época de Michael K., del escritor sudafricano J.M. Coetzee.

El viaje por La carretera no supuso completamente, pues, una decepción como lectura. Es un buen ejemplo de literatura actual cuya estética ha tardado muy poco en impregnar algunas manifestaciones audiovisuales (durante la tertulia recordamos ciertas similitudes con la serie de televisión The Walking Dead). Para aumentar el debate y convertirlo en transversal, faltó una comparativa con la película homónima, basada en la obra de McCarthy. Sus críticas son bastante buenas, en particular sobre las interpretaciones y la fotografía. Queda pendiente, por tanto, una nueva sesión de cine y literatura.

Ver crítica en Filmaffinity

Nuestra próxima lectura será un clásico contemporáneo francés: El amante de Marguerite Duras. Esperemos que la novela esté a la altura de su fama literaria, no de su morbosa adaptación al cine.

(1) Página 14 de la edición ofrecida por El País. Traducción de Luis Murillo Fort.