jueves, 9 de febrero de 2012

Nader y Simin, una separación

Esta semana la Filmoteca Regional ha proyectado la película Nader y Simin, una separación, del director iraní Asghar Farhadi. Fui a verla alentado por la versión original subtitulada que siempre promueve la Filmoteca y por su excelente crítica, avalada por el Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Berlín (2011) o el reciente Globo de Oro a la Mejor película de habla no inglesa. Quizás por estos motivos la película supuso una de esas raras ocasiones en las que se sobrepasan las expectativas creadas. Las dos horas de metraje acabaron reduciéndose a un abrir y cerrar de ojos. La intensidad argumental, el ritmo envolvente, el giro continuo de sucesos y la calidad de las interpretaciones tuvieron buena culpa de que el tiempo se consumiera como de improviso. Se trata de una de esas películas que se dejan ver por sí solas, sin esfuerzo alguno, donde la forma parece además que nada tiene que decir y al mismo tiempo, a poco que prestemos atención a la técnica, nos damos cuenta de que está maravillosamente filmada. Sobre todo nos habla de una historia con un extenso trasfondo humano y unos personajes en su mayoría muy complejos, todos expuestos a un fuerte impacto cultural y social. En definitiva, una película riquísima en valores actuales y atemporales, sin que ninguno de ellos sea juzgado definitivamente con parcialidad, tarea que en última instancia ha de corresponder al espectador.
Pincha AQUÍ para ver el tráiler en VOSE



Nader y Simin, una separación
(Jodaeiye Nader az Simin)
Director: Asghar Farhadi
Irán (2011). 123'










Para mí es sin duda una de las mejores películas del año, una joya cinematográfica que volveré a ver para ahondar con calma en los sutiles matices inadvertidos. Y por supuesto estoy convencido de que a finales de este mes se alzará también con el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa (aunque no me desagradaría ni me sorprendería si lo ganara para Bélgica El niño de la bicicleta de los hermanos Dardenne).

lunes, 6 de febrero de 2012

Correspondencia Chejov / Gorki



El pasado viernes, 3 de febrero de 2012 apareció en El Cultural del diario El Mundo una reseña firmada por el poeta y crítico Luis Antonio de Villena sobre la correspondencia entre Anton Chejov y Maxim Gorki, que Editorial Funambulista publicó a finales de 2011. 

La crítica es en general muy favorable y subraya algunos de los aspectos más interesantes de las cartas. En ella Luis Antonio de Villena tampoco se limita a hacer una mera paráfrasis del postfacio que acompaña a la correspondencia; aporta sus propias ideas sobre la lectura.

La misma reseña puede también leerse en el blog personal de Luis Antonio de Villena y en el blog de Editorial Funambulista.




Luis Antonio DE VILLENA | Publicado el 03/02/2012

La no muy nutrida correspondencia entre dos grandes de la literatura rusa, Anton Chejov (1860-1904) y Máximo Gorki (1868-1936), aunque breve -empieza en octubre de 1898- está llena de encanto. Pese a la no excesiva diferencia de edad entre ambos, Chejov ya enfermo de tisis y medio solitario en Crimea, donde vive por prescripción facultativa, es ya un maestro, autor de magníficos cuentos que revolucionaron el género y de obras de teatro no menos novedosas como Tío Vania. Gorki es un provinciano impulsivo y apasionado, un talento que comienza a descollar y que suele dudar mucho de cuanto hace. Le escribe a Chejov con la devoción y el respeto debidos a un maestro y firma casi siempre sus cartas como Alexei Pechkov, su verdadero nombre, pues Gorki (que en ruso significa “amargo”) fue un pseudónimo. Como es natural hay más cartas de Gorki que de Chejov, que sin embargo acoge al nuevo con calor, estima claramente su obra literaria y le da consejos, siempre exentos de toda pedantería. Se llegaron a ver varias veces, aunque menos de las que Gorki hubiese deseado.
Cuando Gorki va tomando conciencia social (sobre todo tras una carga de la guardia cosaca contra la gente en 1901) y está muy a menudo vigilado por la policía, le escribe a Chejov solicitando dinero para las víctimas, pidiéndole que cambie de editor (un burgués avaro por un socialista) y aún que edite en las revistas nuevas, que si no son comunistas lo serán pronto. En lo de las revistas Chejov accede; en todo lo demás, calla. La foto de portada del libro (Chejov y Gorki sentados a una mesa en Yalta, 1900) nos demuestra muy bien quiénes eran los dos amigos, aunque siempre prepondere la admiración de Gorki.
Chejov era un burgués, un hombre moderno y europeo, que soñaba en una Rusia nueva no revolucionaria. Gorki (que llegó a ser un estandarte de la revolución bolchevique y también un incordio para ella) era un campesino de Nijni-Novgorod, un autodidacta y un personaje tan talentoso como cada vez más comprometido con la idea revolucionaria. Ahí no podían entenderse y Chejov evita el tema pero jamás deja de alentar el talento de Gorki, aconsejándole escribir teatro y corrigiendo algunas de sus piezas como Bajos fondos.
La correspondencia, breve y sabrosa (acaba a principios de 1904, cuando la salud de Chejov le impide otra dedicación) nos demuestra más que nos cuenta, aunque no falten curiosidades como la opinión sobre el contradictorio y viejo Tolstói. Nos demuestra el talante cordial y la comprensión honda de dos personas a quienes casi todo separa, menos el respeto y el hondo amor por su oficio. El librito es sumamente grato.


sábado, 14 de enero de 2012

La Doctrina del Shock

Anoche La 2 de TVE pasó el documental La Doctrina del Shock, adaptación del libro homónimo (The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism) publicado por la periodista canadiense Naomi Klein en 2007. 

Al estilo del famoso Zeitgeist (aunque con un rigor mucho mayor basado en hechos desafortunadamente verídicos que ya son historia), el documental de Michael Winterbottom condensa con maestría las líneas principales del libro. Se trata de una referencia ineludible para todos aquellos que no se contentan con la mera contemplación de los acontecimientos actuales, que buscan una explicación anatómica plausible sobre una serie de elementos que incomprensiblemente continúan repitiéndose.

Próximamente la página web de RTVE colgará el documental. Mientras tanto puede verse completo en YouTube (V.O. con subtítulos en español):




Por favor, documéntense, contrasten información, reflexionen y lleguen a sus propias conclusiones. Es un sencillo consejo de Ph. Dorset.

sábado, 8 de octubre de 2011

Luces nuevas para el atardecer

Queridos amigos:
Aprovechando la nueva y completa edición de plantillas de Blogger, he decidido retocar el blog para inflamarle una nueva luz. Considero que renovarse es fundamental cuando no se ha dado con la fórmula precisa, como era mi caso.
No dudéis en comentar vuestras impresiones sobre fondos, colores, distribución, etc., pues las posibilidades de edición son ahora muy variadas y de fácil manejo. De hecho, animo a quienes aún no se hayan sumergido en la experiencia del blog a que se lancen a ella. Las modificaciones y la nueva estética de plantillas hacen que se trate de un momento muy oportuno. 
Hasta llegar a la plantilla que presento, me he debatido entre muchas otras opciones y no descarto cambios próximamente. Estoy contento con el resultado: es una plantilla clara y clásica, sencilla, que tiene --creo-- cierta uniformidad de estilo; pero vuestra ayuda me será muy útil para mejorarla, sin duda.
Gracias por vuestra sincera compañía.
Un abrazo y hasta pronto,

PH. DORSET

viernes, 19 de agosto de 2011

SI puedes reinar como hombre...


Hace unas semanas liquidé una de mis incontables deudas con el cine. Muchas veces me habían recomendado The Man Who Would Be king (John Huston: 1975), y muchas veces pospuse, por no sé qué razones, la oportunidad de sumergirme en la película. Ahora me alegro de no haber demorado por más tiempo aquella recomendación.


Cuando me enfrento a una sesión de cine, aún hoy mantengo una expectativa que me ayuda a desplegar esa capa impermeable que aisla de la realidad y permite mirar a través de las ventanas de la ficción. Poco importa entonces lo que sucede alrededor durante aproximadamente dos horas. Si el clima y las tensiones entre lo ficticio y lo real se rompen, la película de algún modo —quizás en su modo más esencial— fracasa. Uno de los detalles que evidencia esta ruptura, aparte de un notable aburrimiento, es la consulta reiterada del tiempo. No mirar el reloj ni un instante es un síntoma de que la película ha subyugado al espectador, un indicio de que la elección fue un éxito, de que el tiempo ha sido invertido y no extraviado en vano.


Así ocurrió con El hombre que pudo reinar. Desde el primer minuto de la cinta, pequeños detalles nos indican que un minucioso mecanismo discursivo nos hará disfrutar y emocionarnos con la historia de los protagonistas, sus sueños, lances, victorias y derrotas. El hombre que pudo reinar es una película plagada de matices, pero en esencia un relato sobre la amistad; amistad entre dos compañeros de armas y batallas, amistad incondicional capaz de perdonar las debilidades más humanas e inoportunas, aquellas que conducen a un final ingrato y no obstante nos enseña que la experiencia, incluso si acaba trágicamente, puede merecer el pago de la tribulación. Cuando Danny Dravot le pregunta a Peachy Carnehan, al límite del precipio, si podrá perdonarle, el bueno de Peachy no hace sino decir: «Claro que sí, ¡de todo corazón! Somos amigos, Danny, para bien o para mal». Pocas veces dos rufianes han inspirado tanta conmiseración.




Para comprender los numerosos logros de esta película —en ningún caso resultado de un producto fortuito—, tan sólo hemos de reparar en el triángulo interpretativo encarnado por Michael Caine, Sean Connery y Christopher Plummer (este último en el papel de Kipling, el autor real —biográfico— de la obra, que aparece así ficcionalizado) y en la maestría de John Huston para dirigirlo. Elementos procedentes del relato legendario no impiden, por ejemplo, que demos credibilidad a cuanto vemos. La capacidad para insertar peripecias que hacen avanzar la historia, cuando tememos que su trama haya quedado estancada, es de hecho uno de sus aciertos argumentales. Ante esta habilidad narrativa, hemos de sacrificar, o aceptar, la verosimilitud de ciertos acontecimientos, que nunca, por otra parte, dejan de ser plausibles. Incluso al final algo nos hace dudar razonablemente de la credibilidad de todo el relato del tullido Peachy, que tanta piedad nos comunica. Esta indeterminación, la posibilidad de una lectura subrepticia, y la vibración emocional que de ella se deriva es otro de los triunfos de El hombre que pudo reinar. En efecto, la sensación de que un entrañable truhán, pese a la situación de infortunio que nos muestra, nos esté tomando el pelo sin que lleguemos nunca a una respuesta segura, engrandece el legado del filme.


No es tampoco casual, a la hora de entender las razones del éxito, que Huston fuera un experto en llevar a la gran pantalla obras literarias aclamadas por crítica y público, tanto clásicas como coetáneas, y que dichas versiones emularan la categoría de sus autores, cuando no ayudaban a impulsar más su repercusión. Únicamente hay que echar un vistazo a su filmografía para comprobarlo. Debutó en el cine como realizador con El halcón maltés (1941) partiendo de la exitosa novela de Dashiell Hammett, para muchos la primera película perteneciente al llamado cine negro y lanzadera de Humphrey Bogart al estrellato que más tarde lo convertiría en mito; mientras que su última obra, Dublineses (1987), sublime testamento fílmico que germina con uno de los finales más catárticos de todos los tiempos, se inspira directamente en el relato de James Joyce «Los muertos».


Curiosamente el vínculo entre cine y literatura hizo que me interesara por la figura del escritor británico Rudyard Kipling, su exótica vida (Bombay, 1865 – Londres, 1936) y su célebre obra premiada con el Nobel de Literatura en 1907. Recordé así uno de sus poemas más emblemáticos. Popularizado por canciones, y también por la televisión en los últimos años, If es uno de esos poemas que posiblemente todos los estudiantes de literatura inglesa leen y estudian en algún momento de su carrera. Aunque reconozco aquí que mi dominio académico no alcanza el grado de maestría —se limita a una mera comunicación de base— en lo que a la lengua inglesa se refiere, mi inquietud por ciertos aspectos formales del idioma suele acercarme a las ediciones bilingües, en especial cuando se trata de poesía. Al realizar este tipo de operaciones, a menudo he apreciado un desajuste importante de significado contrastando el original con la traducción en la elección de tal o cual término, en la composición de este u otro sintagma. A veces el ansia por una rígida equivalencia entre lenguas, a efectos de métrica y prosodia, desfigura en exceso el sentido poemático y el verso en el que este cobra vida. Precisamente al cotejar varias traducciones de If no encontré ninguna que colmase mis necesidades estéticas, pese a la sencillez que caracteriza la mayor parte de su expresión. Por este motivo decidí montar mi propia versión del poema compilando versos y añadiendo alguna modificación léxica propia que satisfaciese por completo mi lectura. Podría decirse, para hacer justicia a la verdad, que la traducción resultante es de naturaleza ecléctica, se limita a alguna modesta aportación y se basa sobre todo en un respeto intuitivo del ritmo y su sustancia poemática. La incluyo en esta entrada como testimonio de una reflexión, rogándoles de antemano que sean benévolos en su juicio. Tan sólo déjense arrastrar ahora por la fuerza motivacional de este caudal poético, uno de los grandes ejemplos de elocuencia y sugestión en literatura que quizás les recuerde, como a mí, aquel hombre que pudo ser rey.



SI…

(Rudyard Kipling: 1895)


Si puedes mantener la cabeza cuando a tu alrededor

Todos la pierden y te culpan por ello,

Si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti

Pero también tienes en cuenta sus dudas;

Si puedes esperar y no cansarte en la espera,

O siendo engañado, no pactar con mentiras,

O siendo odiado, no dar cabida al odio,

Y sin embargo no parecer demasiado bueno ni demasiado sabio…


Si puedes soñar —y no dejar que los sueños te dominen,

Si puedes pensar —y no hacer de los pensamientos tu objetivo,

Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre

Y tratar a estos dos impostores de igual manera;

Si puedes soportar oír la verdad que has dicho

tergiversada por bribones para hacer una trampa de necios,

O contemplar, destrozadas, las cosas a las que habías dedicado tu vida,

Y arrodillarte y reconstruirlas con herramientas desgastadas…


Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias

Y arriesgarlo en una sola tirada a cara o cruz,

Y perder, y comenzar otra vez desde el principio

Sin mencionar nunca una palabra sobre tu pérdida;

Si puedes obligar a tu corazón, nervios y músculos

A obedecerte un momento mucho después de que hayan desfallecido,

Y así continuar cuando ya no queda nada en ti

Salvo la Voluntad que les dice: «¡Continuad!»


Si puedes hablar con la multitud y conservar tu honradez,

O pasear junto a Reyes —y tampoco perder la naturalidad,

Si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden herirte,

Si todos los hombres cuentan contigo, pero ninguno demasiado;

Si puedes ocupar el implacable minuto

Recorriendo una distancia que merezca los sesenta segundos,

Tuya es la Tierra y todo cuanto hay en ella,

y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!